
El día brillaba tenuemente a través de las ventanas de los gruesos muros en la fortaleza de Torvaldsland. Moor, me miraba con calma y sonriente mientras preparaba todo lo necesario para acomodar y facilitar la llegada de Urko, lavó sus manos cuidadosamente y se colocó unos finos guantes, llenó un barreño con agua limpia y mandó traer lienzos limpios que colocó encima de la mesa que había cerca de la camilla.
Mad paseaba nervioso por los pasillos de un lado a otro, en la mano asía una bota de paga que de vez en cuando la llevaba a la boca y daba un trago con el fin de atenuar su impaciencia, en sus ojos se podía ver claramente su emoción ante la llegada de su primogénito.
Pasaron varias horas de terribles dolores hasta que Urko decidió abandonar el vientre materno, creo que se sentia cómodo en las cálidas aguas en las que había estado tanto tiempo flotando a sus anchas y apuró su estancia hasta el último momento para seguir disfrutando de esa vida tan confortable como si supiera qué le esperaba fuera.
Sus ojos eran grandes de color verde su pelo fino ligeramente cobrizo, era hermoso y rollizo ya se podia apreciar que sería un hombre alto y fornido como su padre. Sus mejillas sonrosadas estaban surcadas de lágrimas implorando alimento y apretaba con fuerza sus diminutos puños.
Dormía en una cuna de madera finamente tallada entre suaves pieles de larl blanco que le arropaban y mantenían caliente su pequeño cuerpo, parecia sonreir, su rostro expresaba la más absoluta felicidad.Me quedé embobada con la vista perdida mirando hacia la cuna donde Urko dormia plácidamente, parecia tener pesadillas porque arqueaba los labios y su barbilla rilaba después suspiraba profundamente y entrecortado y volvía a dormirse.
Miraba dichosa a mi pequeño, sentía como la pena me apresaba con fuerza y mi corazón se encogía cuando pensaba que tenía que volver a mi lugar de origen, era mi debilidad, sabía que debía irme y que mi alma se partiría en dos en cuanto saliera por la puerta.No podria vivir sin él y cuanto más lo pensaba más me angustiaba.
Pasaron varias lunas y Urko crecia fuerte y sano era un niño alegre y azorado con la mirada muy viva. Mad jugaba con él, le hacía cosquillas sin parar hasta que la risa le hacia perder las fuerzas y terminaba agotado, después le llevaba en brazos a su cuna y le tarareaba alguna canción al oido hasta conseguir dormirle. Me encantaba observar apoyada en el quicio de la puerta, era un buen padre.
Recordaba a mis hermanas en el frondoso bosque en el que habíamos aprendido a sobrevivír, a cazar para alimentarnos y a protegernos entre todas de cualquier bestia que acechará nuestro camp. Sabía que pronto volvería a encontrarme con ellas y ansiaba el momento de poder abrazarlas de nuevo. Charlar sentadas junto a la hoguera mientras las chispas volaban hacia el cielo y escuchar el crepitar de las maderas devoradas por el fuego era uno de los recuerdos que mas extrañaba.
Una fría noche entre relámpagos y truenos, me desperté asustada por la fuerte tormenta que azotaba con furia en la fortaleza, me levanté y observé por el ventanal las hileras de nubes negras que descargaban cortinas de lluvia, las grandes olas iluminadas por los continuos rayos chocaban bruscamente contra las rocas de los acantilados.
Me quedé mirando a través del cristal, pensé en mis hermanas y la de veces que tuvimos que achicar agua en túneles de las derruidas minas de Portchester donde ubicabamos nuestro camp, en más de una ocasión las fuertes tormentas nos habían hecho perder muchas pieles y alimentos que dentro de unos arcones guardabamos celosamente en lo que habiamos construido como almacenes y que normalmente por su inclinacion del terreno tendía a inundarse.
Decidí volver al camp esa misma noche, me giré y ví como Mad y Urko aún dormian, abrí despacio el armario tratando de no hacer ruido, me calzé las botas y me puse sobre los hombros unas gruesas pieles para protegerme del gélido viento. En mi espalda ajusté mi arco y llené el carcaj con flechas, me acerqué a Urko y le besé con ternura la frente, con un hilo de voz le dije que le queria y que volvería a verle, estaba tan dormido que ni se inmutó.
Al salir por la puerta volví la cabeza, me mordí el labio inferior y dudé si despedirme de Mad, realmente no queria hacerlo por que eso significaba que me despedia con la certeza de saber que no volvería a ver al hombre que tanto amaba, baje la mirada y dí la espalda a la cámara mientras cerraba la puerta trás de mi.
La tormenta había cesado, las empedradas calles retenían charcos de agua embarrada incluso había algunas ramas de arboles caídas rotas por la fuerza con la que la lluvia había descargado sobre ellas. Me alejé de la fortaleza y confiando en mi sentido de la orientación enfilé hacia la fronda que acababa de atisbar con los primeros rayos del alba, hice un cálculo mental de los pasang, si aligeraba el paso llegaría a las minas antes del próximo ocaso.
Apenas habían pasado unos ehn de adentrarme en la espesura cuando oí un aullido no muy lejano que me congeló la sangre, me quedé paralizada y volví a escuchar ese espeluznante aullido. Comencé a correr todo lo que mis piernas me permitían. La yedra y las zarzas me arañaban los brazos y las ramas me daban en la cara. Sin embargo, apenas lo notaba.
Corrí a lo largo de dos o tres pasang, sudaba a mares y me dolía el pecho, me parapeté detrás de un árbol y me agazapé tratando de recobrar el resuello. Estaba aturdida. Ya no oía nada, la fronda estaba silenciosa y aparentemente solitaria.
La tarde se tornaba caliginosa, caminaba cansada por un angosto y hollado sendero, llegué a lo alto de una empinada cuesta que terminaba al borde de un barranco. Mire en derredor, sonreí exultante al reconocer los vestigios de las minas...por fín, estaba en casa....
Continuará..
Agua, En tribu Ar Va Kara